lunes, 7 de septiembre de 2009

LA ENFERMEDAD (Relato Corto)

LA ENFERMEDAD



Abrió la enfermera la puerta de la pequeña sala y, una vez formulado el saludo de rigor, con voz clara y gesto pausado realizó la llamada:
--Don Fernando Abadillo, por favor.
--Sí, yo soy –contestó de inmediato una de las tres personas que se encontraban a la espera.
--Tenga a bien acompañarme –le invitó la enfermera.
Esperó ésta en el umbral de la puerta a que pasara la persona convocada y una vez que la tuvo junto a ella:
--Al final del pasillo, por favor –le indicó, con idéntico tono de cortesía.
Cerró la puerta de la sala de espera y, atendiendo la invitación de Fernando para que caminase en primer lugar, comenzó su andadura a lo largo del pasillo hasta llegar a la altura de una habitación cuya puerta que se encontraba ligeramente entornada.
Tomó la joven la empuñadura y realizó un ligero impulso hacia dentro.
--Pase usted, señor Abadillo. El doctor Barea le está esperando –comunicó la sanitaria a su acompañante.
El despacho que se abrió ante él era amplio y luminoso. En el fondo se distinguía la mesa junto a la cual se hallaba apostada una persona de mediana edad, vestido con el traje blanco propio del quirófano, y que, ante la presencia del visitante, se puso en pié, se adelantó unos pasos, extendió su mano y, aprovechando el momento del saludo, se dirigió al recién llegado, con gesto amable:
--Eugenio Barea, Jefe de Servicio de Oncología, a cuyo cargo se encuentra don Carlos Encino. Creo que ya nos hemos visto por aquí en alguna ocasión. Usted es el señor Abadillo. ¿Es así?
--Sí, señor, Fernando Abadillo. A su disposición.
--Gracias. Haga el favor de sentarse –le invitó el doctor, indicándole el sillón que se encontraba dando frente al que él ocupó de inmediato, al otro lado de la mesa.
--Bien, entraré de lleno a exponerle el estado fisiológico en que se encuentra su amigo el señor Enciso, único y preocupante motivo que me ha obligado a citarle, para mantener con usted esta entrevista – calló el médico unos instantes, arregló, maquinalmente, unos pequeños objetos que tenía a su alcance sobre la mesa y prosiguió-: Comenzaré por decirle que el proceso que sigue la enfermedad del señor Enciso hemos de considerarlo negativo. Desgraciadamente, y a pesar de los diferentes y modernos tratamientos que hemos utilizado para detener el avance de su carcinoma, los recientes análisis y las pruebas que le hemos practicado en estos días confirman esta visión pesimista.
Continuó el doctor Barea pormenorizando las posibles causas que daban lugar a dicha respuesta y ofreciendo, así mismo, diferentes detalles sobre la misma. Referencias y datos que confirmaban a su atento escuchante, el señor Abadillo, la idea de que el médico conocía a la perfección la dolencia que padecía su amigo y que se encontraba realmente interesado por aplicar los métodos más actuales para lograr su mejoría. Aún así, gran parte del discurso lo componían términos exclusivamente técnicos, de manera que, para una persona como él, ajena por completo a la Medicina, le resultaban difíciles de entender.
--Por todo ello –continuaba el médico- considero que debe de ser usted la persona indicada para darle a su amigo la desagradable, pero evidente, noticia. La práctica diaria nos enseña que en estos casos, debe de ser la familia la que, empleando los sentimientos cariñosos que le unen al paciente, y aprovechando los momentos que considere más oportunos para ello, le vaya informando del estado de gravedad en el que se encuentra. Dado que el señor Enciso carece de familiares directos y de que es usted, su amigo, quien le acompaña habitualmente, dentro y fuera de casa, debe de ser usted mismo, señor Abadillo, la persona encargada de asumir esta misión.
--Gracias por su detallada información, doctor –respondió el atento escuchante, corrigiendo, sutilmente, su postura sobre el cómodo asiento-. En primer lugar, no es necesario que le manifieste mi estado de ánimo ante las noticias que me acaba de facilitar, en efecto, no soy familiar de Carlos Enciso pero sí su más íntimo y viejo amigo. El encargo que usted me hace no sólo me resulta penoso, sino que lo considero imposible de llevar a cabo. Perdone, doctor, pero… ¿Ha considerado, suficientemente, la posibilidad de que sean ustedes quines efectúen dicha información?
--Ya, ya, ya…Le comprendo, señor Abadillo, pero le repito la observación que le hice con anterioridad. En estos casos de inmediato desahucio, la práctica nos enseña que el paciente se siente mucho menos perturbado e inseguro en el caso de que la noticia le llegue a través de los familiares. El enfermo conoce sobradamente la índole de su dolencia, de manera que sólo se trata -¡y ya es bastante!, desde luego- de hacerle sabedor de la grave situación en la que se encuentra.
--Estoy de acuerdo, doctor, y puesto que, al parecer, se trata de la mejor solución, haré todos los esfuerzos posibles porque Carlos llegue a conocer el estado de gravedad en el que se encuentra su proceso. La verdad –prosiguió Fernando con voz angustiosa, y próximo a las lágrimas- que no me resulta nada fácil.
--Cualquier eventualidad que pueda surgir en cuanto al desarrollo normal del grave proceso, nos encontramos a su entera disposición para acudir en su ayuda. Sabe, por tanto, que cuenta con mi personal colaboración y con la de todo el equipo que me asiste.
Hizo el doctor una breve llamada telefónica y, a los pocos instantes, se presentó Carlos Enciso acompañado por una enfermera.
Tras los emotivos saludos entre los amigos, el doctor Barea tomó la palabra:
--¿Cómo se encuentra su estado de ánimo, amigo Carlos? – le preguntó muy amable. Tras escuchar la respuesta, continuó-: Bueno, es normal que después de esta visita al Sanatorio se encuentre usted un tanto pesimista, pero aquí tiene de nuevo a su amigo que pronto le hará cambiar de humor. Tal como le hemos advertido, sería conveniente que siguiera el nuevo tratamiento con total asiduidad y qu, pasados treinta días, vuelva usted por aquí para una nueva revisión.
Tras una limitada charla colmada de evidencias y de buenos deseos por ambas partes, se despidieron amablemente.
Carlos y Fernando salieron al parking en el que se encontraba el coche de este último y, puesto que el chaparrón de lluvia que daba comienzo no invitaba sino a la celeridad, apuraron sus pasos a fin de llegar al vehículo lo antes posible.
--Al menos pasaré un mes tranquilo antes de que vuelva por aquí –comentó Carlos en cuanto estuvo cómodamente instalado y Fernando puso en marcha el motor-. Aunque resulta cierto que las pruebas no son muy dolorosas, el sólo hecho de pasar unos días respirando el mefítico ambiente de ahí dentro, te produce un decaimiento de ánimo y una sensación de incapacidad que te sumen en el más oscuro pesimismo.
El vehículo, conducido por Fernando, salió del entorno del Sanatorio y comenzó a rodar por una vía rebosante de tráfico, por la cual se acercaron hasta las inmediaciones del chalet, residencia de Carlos.
La ausencia de diálogo que tuvo lugar a lo largo del camino, no solamente fue debido al cansancio de Carlos para dar rienda suelta al sentimiento de bienestar que le producía el retorno al domicilio, sino también al intenso pesar que corroía el ánimo de su amigo Fernando, quien se sentía vivamente atribulado, aunque tratase de disimularlo.
Una vez llegado el vehículo frente a la cerrada puerta metálica, el conductor hizo uso del mando electrónico. El portón giró lentamente sobre su eje lateral, quedando libre la entrada al interior del patio de la cercada finca.
Parada en el rellano de la corta escalera de piedra, por la cual se accedía a la puerta principal de la vivienda, se encontraba Felisa, una vieja señora que, alertada por el ruido causado por el motor del vehículo al entrar en el jardín, se apresuró a saludar a los recién llegados, dirigiéndoles frases de evidente alegría, acompañadas por el movimiento incesante de una de sus manos. Cumplimentado este primer requisito, la inquieta recepcionista tomó la decisión de bajar los peldaños, uno a uno y agarrada a la barandilla, puesto que sus reducidas facultades anatómicas no soportaban realizar con mayor ligereza el esfuerzo que la suponía dicho ejercicio.
Cuando ambos amigos salieron del garaje, situado en el fondo del jardín, se dieron de cara con Felisa –la vieja servidora de la familia-, la cual terminaba de bajar los pétreos escalones y caminaba, nerviosa, al encuentro de los esperados viajeros.
--Bienvenidos los dos, ¡señorito Carlos! –la mujer, animada por la presencia de éste, se acercó hasta él y le estampó un sonoro beso en cada una de las mejillas-. Venga, dense ustedes prisa, la comida la tendremos preparada en un momento.
Y así fue. La buena Felisa continuaba siendo la amable y fiel servidora que, tras el infausto fallecimiento de los padres de Carlos, y al no contar el joven con familiares cercanos que pudieran atenderle, se había hecho cargo del mancebo, procurándole, desde entonces, todo cuanto él precisara, y llegando a sentir por el amable adolescente idéntico cariño que si se tratara de su propio hijo.
A pesar de tan familiares sentimientos por parte de Felisa, una vez que su querido Carlitos obtuvo su título universitario, la humilde mujer comenzó a tratarle de usted, pues aunque el joven se opuso tercamente a que su querida viejecita se mostrara sujeta a tan circunspecto protocolo, la humilde mujer decidió continuar con su nuevo tratamiento alegando que era su forma de reconocer el gran esfuerzo realizado por su amada criatura, merecedora, cuando menos, de tan humilde recompensa.


****

La amistad, de carácter familiar, mantenida entre Carlos y Fernando tuvo su inicio en el colegio de enseñanza primaria en el que se conocieron. Sentimiento que se fue acrecentando a lo largo de los siguientes cursos escolares de los diferentes niveles, en todos los cuales permanecieron como compañeros de clase, terminando por perpetuarse dicho afecto en los años dedicados a los estudios superiores, puesto que -tal vez por afinidad de criterios o influidos, quizás, por esa permanente relación de amistad- decidieron seguir los dos la misma carrera.
Fue durante esta última etapa cuando se produjo el fatal accidente en el que fallecieron los padres de Carlos. El dolor de la inesperada tragedia cooperó a la evolución de tan afectuosos sentimientos hasta el punto de que el solitario joven pasaba buena parte de su tiempo libre conviviendo con Fernando y sus amables familiares.
Los dos terminaron con notable aprovechamiento la carrera de Arquitectura, encontraron trabajo sin dificultad y continuaron con sus excelentes relaciones amistosas.
Llegados a los treinta sin compromisos formales con ninguna de sus eventuales parejas femeninas, encontrándose, así mismo, suficientemente preparados para la realización práctica de su trabajo y contando, además, con los medios materiales suficientes, montaron su propio gabinete y prosiguieron en él sus respectivas actividades profesionales.
Naturalmente que a lo largo de todos esos años convivieron con infinidad de compañeros. Participaron con ellos en juegos y competiciones deportivas; compartieron ilusiones y desengaños; disfrutaron de felices momentos de alegrías y de quejumbrosos instantes de desconsuelo. En ocasiones, mandaban y, en otras, obedecían, y, al igual que todos los demás, se vieron envueltos en discusiones y peleas que, en ciertos casos, ganaron y, en algunos otros, perdieron. En resumen, a lo largo del tiempo transcurrido en el desarrollo de las etapas iniciales de sus particulares existencias anatómicas, así como las relativas a sus procesos de formación, pasaron por ser “uno de tantos” en el complejo mundo de los seres racionales.
Continuaron los años su imparable andadura y, sin llegar a apercibirse de lo que ocurría a su alrededor con respecto a sus diferentes amistades, se produjo el momento en el que Carlos y Fernando –o viceversa- volvieron a encontrarse formalmente solos. De unos, porque sus actividades laborales les obligaron a trasladarse a diferentes ciudades, en las que comenzaron una nueva existencia. De los otros, porque las ardientes flechas disparadas por el inmortal Cupido llegaron a prender fuego en sus juveniles corazones, sucumbiendo ante él, para siempre jamás.
--Amigo Carlos –se trataba de un nuevo comentario de Fernando, surgido a lo largo de una tarde aburrida y, consecuentemente, propensa tanto al huraño pesimismo como a la silente melancolía-. La existencia se nos muestra como una larga ruta difícil de transitar. Si la estudias con detalle, te darás pronto cuenta de que está conformada por un escaso número de tramos horizontales, lisos y despejados, cuyo pavimento parece estar pulido con los coherentes principios de la Lógica. Mas, alternando con éstos, se encuentran otros trayectos sustancialmente traumáticos. Se trata de aquellos que discurren entre trochas y veredas, o de los otros cuyos trazados se deslizan por innumerables recovecos, por artificiosas encrucijadas, o al borde de peligrosos precipicios y mareantes taludes cuyos suelos, para más, permanecen sembrados de encubiertos obstáculos. ¡Qué agradable y sencillo nos resulta recorrer los primeros y que duro y desalentador el tener que caminar por los restantes!
No eran frecuentes tales reuniones puesto que sus espíritus despiertos y sus ansias insatisfechas les llevaban a pasar el tiempo libre de la forma más animada y divertida, de tal manera que, aquella misma noche de sábado, determinaron entretener sus ansias de divertimento en el interior de una sala de fiestas en la que abundaban mujeres amantes de la independencia, de la música cheli y de tomarse unas copitas.
La luz era coloreada y difusa. Los divanes, confortables. El güisqui, de barril, pero tolerable. La música, estridente en ocasiones, pero soportable. El ambiente, distendido y ruidoso, pero agradable.
Aquellos múltiples quiebros; las incesantes idas y venidas; los recios saltos; los tumbos esforzados… Gestos indescifrables; posturas grotescas; risas incontenibles; abrazos buscados; besos consentidos… Toda una multitud en movimiento, todo un alarde de personas enganchadas por los ardorosos ritmos de la obstinada batería, el rasgueo incesante de las guitarras, la voz estimulante y sensual del cantante de turno…
El ardoroso bullicio, y algo más, era la estampa que tenían ante ellos.
--Si te decides –le propone Carlos a Fernando, su compañero de asiento- podíamos intentarlo con aquella parejita que se encuentra situada justo en la esquina de la derecha. Aquellas que, con estudiada moderación y un tanto de engreída vanidad, mecen, con pusilánime fervor, las pletóricas curvas de sus recias caderas.
--Te encuentro muy moderado y poético esta noche. ¿Será, por casualidad qué comienzas a notar los calurosos efectos del güisqui?
--No, Fernando, no es eso. Fíjate en ellas y te darás cuenta de que esperan a alguien que las haga moverse con mayor ligereza. Y, en verdad, que sí que lo merecen.
Se levantó Carlos con estudiada parsimonia y así continuó hasta llegar a la altura en que se movían las distraídas muchachas.
--¡Oh, perdón!... –reaccionó Carlos, tras el disimulado encontronazo.- En verdad que lo siento. Pasaba distraído y el pasillo es tan estrecho que…
Las jóvenes dejaron de moverse y atendieron, con aparente simpatía, las disculpas del galante muchacho que se hallaba ante ellas.
Fueron unos breves instantes de decisión y lucidez mental, situaciones a las que Carlos se encontraba habituado. Encontró la manera de prolongar la descripción del infausto percance; atrajo hacia sí el interés de las oyentes; consiguió la intervención de las atentas jóvenes en lo que hasta esos momentos era sólo un monólogo, y les propuso el plan que llevaba estudiado.
Fernando, al verlas llegar, se puso en pie, a su espera.
--Marta y Natalia –hizo Carlos la presentación en cuanto se hallaron a la vera de Fernando-.Ya os puse en antecedentes, mis jóvenes amigas. Éste es Fernando, el sujeto merecedor de todos los elogios.
Marta y Natalia se mostraron encantadas y, aceptando la invitación que se les hizo, tomaron asiento en el sofá. Ellos, en sendas banquetas, se situaron al otro lado de la mesa.
Pronto se detuvo la alocada algarabía, la música cesó y el ambiente de la sala se tornó más ordenado y silencioso. La conversación a cuatro se desarrollaba con naturalidad y buen criterio. Se pidieron nuevas copas, que el camarero sirvió sin demora, y no tardaron en surgir comentarios alusivos a sus trabajos. Ambas mujeres ejercían en el campo de la enseñanza.
--¡¡Caramba, caramba!!... - El saludo se sintió como el fragor de un estampido- Nuestras añoradas amigas, Marta y Natalia. ¿Qué es de vosotras?
La persona que se hallaba frente a ellas, y que era el causante de tal alboroto, se encontraba acompañado.
--¡Fíjate, Leonor! –prosiguió el recién llegado dirigiéndose a su acompañante-¡Qué pequeño es el mundo!
Fue en aquellos momentos cuando, fijándose en las actitudes mostradas por las sorprendidas muchachas, el intruso se dio cuenta de que las jóvenes parecían estar acompañadas.
--¡Oh, perdón!...Natalia, Marta, señores…Les expreso mis sinceras disculpas. En verdad que lo siento, pero ha sido tan grande la emoción que me ha causado encontrarme con tan apreciadas amigas que no he sabido fijarme en ningún otro detalle.
El caso se solucionó en breves instantes. Puestos todos en pie, la pareja de amigas, con muestras de sorpresa y de alegría, saludaron al aparecido charlatán y a su discreta compañera.
--Se trata de Santiago y Alicia, dos estimados amigos -hizo la presentación Natalia a sus compañeros de mesa- y éstos son Carlos y Fernando, dos personas amables que acabamos de conocer.
Tras los saludos de rigor, Santiago y Alicia fueron invitados a tomar parte de la tertulia, de manera que, contando con la buena voluntad de los vecinos de mesa, consiguieron que ella tomara asiento en el sofá, junto a las amigas, y que Santiago ocupara una nueva banqueta al lado de los hombres.
Santiago fue el primero en tomar la palabra, resultando un excelente charlatán: original, simpático y ocurrente.
Llegaron, sin tardanza, las copas de bebida solicitadas por los recién llegados y, una vez finalizadas las correspondientes consumiciones, decidieron dejar el ruidoso local y proseguir la marcha visitando alguno de los pubs del entorno.


Como consecuencia de aquella intensa noche de alcohol y confidencias, terminaron conociendo lo más elemental de sus diferentes personalidades.
Santiago era hijo único, licenciado en Sociología, y vivía de su propio trabajo y de la apreciable fortuna con la que contaban sus progenitores. Alicia trabajaba como arqueóloga y en la actualidad se encontraba colaborando en los estudios referentes a unas excavaciones cercanas a la costa. Desde su época de bachiller había formado parte de la misma pandilla en la que se encontraba Marta, con la cual continuó saliendo habitualmente fuera de las horas de estudio puesto que la amiga se dedicó a la carrera de Lengua y Literatura. Marta ejercía ahora su profesión de Profesora de Literatura en uno de los institutos de enseñanza media, en el cual se encontraba, igualmente, Natalia impartiendo clases de Historia. Por dicho conducto, llegaron a integrarse las tres en el mismo grupo, una vez que, como ocurre habitualmente, se fueron encontrando sin la compañía del resto de la pandilla.
Santiago solía llevar a la práctica una parte esencial de sus estudios sociológicos entre los diferentes grupos de personas que frecuentaban habitualmente los lugares de diversión, su holgada economía se lo permitía y sus inclinaciones personales resultaban muy conformes con la visita a dichos establecimientos. Fue en uno de éstos donde inició sus contactos con las tres amigas citadas y como su predilecta resultó ser Alicia, y ésta consintió sus simpáticos devaneos, comenzaron a vivir y a disfrutar sus propios momentos de pasiones amorosas, sin que dejaran, por ello, de salir con Marta y Natalia en gran número de ocasiones.
Tras el encuentro ocurrido durante aquella noche de copas y buen humor, las mentalidades de los concurrentes se mostraron tan afines y sus estados de ánimo tan satisfechos que convinieron una nueva cita para el siguiente fin de semana.
La coincidencia de sentimientos, las reacciones convergentes ante determinados sucesos, el acomodo en los gustos, el acuerdo en las decisiones, los singulares rasgos anatómicos, o cualesquiera otra circunstancia que sea la causante de la elección en tales casos, determinó que fueran Marta y Fernando quienes mantuvieran entre sí un diálogo más intenso, al igual que ocurrió con respecto a Natalia con Carlos.
Eran todos ellos, por entonces, consumidores entusiastas de los exquisitos manjares que les deparaban los años postreros de la juventud, así como excelsos vividores de sus ideales de libertad. Nada ni nadie podía comprometer el disfrute de aquella etapa fundamental - desnuda ya de anhelos, ilusiones y futilidades- y deseosos, por el contrario, del disfrute objetivo de sus pasiones contenidas; de las ansias insatisfechas; de culminar, sin ambages, los múltiples deseos que conlleva el vivir sin la retrógrada acometida de irracionales escrúpulos.
Aquella feliz etapa tuvo su prolongación a través de los años, a pesar de que, debido a diferentes circunstancias, las relaciones hubieron de mantenerse interrumpidas
o, cuando menos, no pudieran llevarse a cabo con idéntica asiduidad

***

El desafortunado día en el que Fernando recibió del doctor Barea la noticia del estado de gravedad en el que se encontraba su amigo Carlos, éste llevaba unos meses padeciendo un proceso calificado de maligno, motivo por el que su actividad laboral se encontraba muy disminuida, al igual que sus salidas fuera del hogar.
Una vez que Fernando se despidió de Carlos aquella misma tarde, la primera de las ideas que llevó a la práctica fue ponerse en contacto con Santiago a fin de ponerle al día de la grave situación en la que se encontraba el amigo.
--Desgraciadamente –comentó Santiago una vez conocida la noticia- el diagnóstico no tiene nada de esperanzador, no obstante, y aunque no dudo en absoluto de las predicciones realizadas por el doctor Barea, la recuperación que parecía mostrar nuestro amigo Carlos durante esta última temporada está frontalmente en desacuerdo con lo expresado por el doctor.
--Cierto, Santiago –aprobó Fernando-. Esa misma idea fue la que me indujo a pensar en el posible error que estaba cometiendo el doctor Barea haciéndome responsable de comunicar a Carlos tan infausta noticia. Analizando detenidamente la situación, opino que la actitud más prudente consistiría en esperar unos días para ver el ritmo de vida de nuestro amigo y, dependiendo de ello, hacérselo saber, antes o después.
--Me pace muy acertada la decisión. La opinión que mantengo, por mi parte–afirmó Santiago-, es tratar de que Carlos lleve una vida lo más activa que le sea posible, tanto en lo referente al trabajo como en nuestras salidas de los fines de semana. Hemos de animarle a que vuelva a recuperar el optimismo de que hacía gala aún no hace demasiado tiempo.
Esta pues fue la decisión que tomaron y al observar que, con el paso de los días, el enfermo iba recuperando tanto sus fuerzas como su estado de ánimo, aplazaron la noticia, dejándola para mejor ocasión.
Acababan de abandonar la mansión de Carlos tras haber compartido con él una soleada tarde en el campo y una excelente merienda que, a su regreso, les tenía preparada Felisa, la cordial y generosa sirvienta
--Fernando, aún nos queda tiempo para tomar una copa –le indicó Santiago-. Tengo que comentarte una idea que tal ve nos sirva para que Carlos cruce definitivamente la barrera de la indecisión en la que se encuentra.
Fernando accedió gustoso, por lo cual, se acercaron a una de las cafeterías próximas en la que podrían disponer de un ambiente propicio y de un rincón confortable para tomar la copa deseada y conversar de manera tranquila.
--Pues bien –comenzó Santiago, una vez que se encontraron confortablemente instalados en la lujosa cafetería-. La idea a la que me refería es la siguiente: El próximo domingo, día veinticinco, es la fecha en la que Carlos cumplirá sus primeros cincuenta años ¿Recuerdas que nos lo hizo saber hace unos días? –Fernando asintió y Santiago continuó con su relato- Mi idea consiste en que, aprovechando tan magnífica ocasión, le preparemos una fiesta en condiciones de manera que a nosotros nos sirva para comprobar su estado de ánimo y a él para recuperarse de sus consabidas inquietudes.
--La idea, en principio, me parece correcta. ¿Y que se te ha ocurrido para que resulte una reunión encomiástica y que sea capaz de conseguir tan excelentes resultados?
--Pues verás, amigo Fernando…-y Santiago le puso al corriente de su plan.
--De acuerdo, Santiago, el proyecto me parece digno de una persona tan imaginativa como tú.
Se pusieron de acuerdo en los detalles y una vez que tuvieron la confirmación de que el acto podía llevarse a cabo, se lo hicieron saber a Carlos, quien recibió la noticia con sumo agrado.


Llegada la tarde del día veinticuatro, víspera del acontecimiento, los dos organizadores hicieron su presencia en el chalet de Carlos. Éste se encontraba en la biblioteca distraído en la lectura de una novela de actualidad.
--¡¡Adelante, adelante!! – invitó Carlos cuando Felisa les abrió la puerta de la biblioteca- ¿No vendréis a comunicarme que se suspende la fiesta de mañana, verdad?- preguntó con un tono de ironía mientras se estrechaban las manos- ¿O es que os apetece jugar una parida de dados?
Ambos amigos permanecieron en silencio. La puerta permanecía abierta.
--¡Señoras, pueden ustedes pasar! – sonó, eufónica, la voz de Santiago.
--¡¡Me parece increíble!!... ¡¡Natalia, Marta, Alicia!!...- exclamó Carlos al verlas.
Las tres se acercaron presurosas hasta él y las tres le saludaron con todo el afecto y una enorme alegría. Carlos se encontraba entusiasmado y un tanto confuso.
--Vamos a ver, señores –se dirigió a Santiago y a Fernando- ¿quién de nosotros está confundido? Mi cincuenta cumpleaños es mañana y, según me informasteis, era el día señalado para organizar la fiesta. ¿Cómo es que os presentáis tan adelantados?
--Ésta era nuestra sorpresa. ¿Te encuentras en condiciones de sumarte a la pandilla? –preguntó Natalia.
--¡Querida mía! ¡Cómo no lo voy a estar, si eres tú quién me lo pides!
Le pusieron al tanto de la determinación que habían tomado esa misma mañana. No era otra que adelantar la salida hacia la sierra, si es que el estado de su amigo lo permitía, dormir allí aquella noche, en el chalet de Santiago, y amanecer tranquilos el día del festín para poder disfrutar de él con toda la calma.
--¿Qué opinas, por tanto, querido amigo? ¿Llevamos el plan adelante? –le preguntó Fernando, obsequioso.
--¡¡Felisa!!... –llamó Carlos desde la puerta. La mujer apareció casi de inmediato-. Por favor, Felisa, hazte cargo de tan excelente compañía. Ve con ellos al salón y sírveles lo que les apetezca. Entre tanto yo prepararé mi equipaje. Tardo un momento -concluyó, dirigiéndose al grupo.
El esplendor de un sol que crecía lentamente en tamaño, a la vez que comenzaba a tornarse amarillo, era el telón de fondo de aquel escenario por el que transitaban los dos coches que desde la residencia de Carlos, se dirigían a lo alto de la sierra.
Llegaron a su destino en plena anochecida. El ambiente era calmo y ofrecía un aroma límpido a tomillo y a espliego.
La vivienda se encontraba limpia y ordenada. Santiago había realizado las gestiones pertinentes a tal fin. Una vez conocedores de las habitaciones que habían de ocupar, tomaron la decisión de acercarse hasta el pueblo y disfrutar en él los deliciosos momentos de aquella espléndida noche primaveral.
Cuando hubieron colmado sus ansias de cerveza, de tapas y de relax, la luna se encontraba visible por encima de los pinos que hacían de telón en el fondo del paisaje.
--Comienza a sentirse el remusgo de la noche –comentó Natalia, frotándose levemente las manos-. Es verdad que la estancia en este lugar resulta de lo más grata y apacible, pero sugiero que deberíamos ponernos en camino.
Acordado por unanimidad, regresaron a la mansión en la que pasarían la noche.
--Todo marcha sobre ruedas ¿No es así, amigo Carlos? –intervino Fernando una vez dentro de la vivienda.
--Por mi parte, sí –respondió, eufórico el interrogado-. Hacía tiempo que no me sentía tan fuerte y animado.
--Tomemos, pues, unas copas –propone Santiago.-La noche es joven todavía y mañana no tenemos prisa por levantarnos.
Una vez en el salón, Santiago se dirigió al mueble bar y, ayudado por los dos amigos, dispusieron sobre la mesita las copas en las que había de servirse el güisqui. Las mujeres, entre tanto, se acercaron hasta la cocina y regresaron con la cubitera cargada de piedras de hielo.
--¡¡Bien, bien!! –exclama Santiago al contemplar la escena-. Como se nota que sois fieles a vuestras amistades y, algo aún más notable ¡que no habéis olvidado el lugar en el que se encuentra la cocina!
Animados por el placer que les suponía encontrarse de nuevo en tan acogedor ambiente y con tan excelente humor para continuar la velada, tomaron asiento en los respectivos sillones acoplados alrededor de la mesita.
Se sirvieron las primeras copas de licor, se charló sobre lo humano y lo divino. Repitieron la ronda y continuó la amable conversación. A través de los cristales del amplio ventanal se colaban, silentes y amarillos, los adormecedores destellos de una luna en creciente.
--Santiago, por favor –le pidió Alicia- te sugiero que apagues la lámpara y abras los cristales de la ventana. Esa luz que se nos ofrece desde fuera convertirá el ambiente en un verdadero acto de adoración a la Naturaleza.
La estancia quedó en penumbra y por el vano del abierto ventanal penetraba, a su vez, el aroma sutil proveniente del entorno y un continuo chirriar de los grillos que se hallaban en guardia.
Santiago se volvió a levantar y puso en marcha el tocadiscos. Una música sosegada y romántica supuso el punto culminante de tan sentimental encuentro.
A los pocos momentos las tres parejas se encontraban abrazadas, tarareando la letra de la sensiblera canción y moviéndose sutilmente sobre el enlustrado parqué.
--¡Feliz noche para todos! ¡Arrivederci, queridos! –fueron las voces tremulantes de Carlos y Natalia, cuando prendidos por las respectivas cinturas, tomaban el camino hacia la puerta y, una vez que la abrieron, se ausentaron del salón.
No tardó demasiado en imitarle la pareja formada por Marta y por Fernando., Instantes después, Santiago cerró la ventana, apagó el fonógrafo y acercándose a Alicia abandonaron juntos el salón.

***

La mañana iba ya bien crecida cuando las tres parejas volvieron a juntarse tras una placentera noche colmada de intimidad. Por descontado que la presencia de Carlos ante cada uno de sus amigos fue cumplimentada con sinceras frases de felicidad y larga vida y, tras un frugal desayuno, convinieron en explorar los alrededores de la finca en la que se encontraban.
--Perdóname una pregunta que quizás puedas tildar de atrevida o, incluso de insidiosa- se dirigió Fernando a Natalia aprovechando un aparte- ¿Qué tal se comportó Carlos anoche? ¿Cumplió fielmente con sus obligaciones amorosas?
--¿Es que lo dudas, acaso? –respondió ella, con voz altanera y acompañada por una abierta sonrisa.
--Bueno, bueno…Me parece estupendo. ¡Ojalá hayamos acertado con el tratamiento!
Pasaron la mañana disfrutando de un corto paseo por el entorno y regresaron al chalet dispuestos a celebrar el acto principal del fausto acontecimiento.
A la hora acordada se presentaron en la finca los dos vehículos que transportaban la comida encargada por Santiago a un catering de la localidad, así como el correspondiente personal para llevar a cabo la puesta en marcha del esperado banquete.
La celebración, con respecto a su contenido, resultó satisfactoria y completa; generosa, alegre y hasta sentimental, en lo referente al comportamiento de los comensales con el agasajado. Sentimientos que se fueron haciendo cada vez más ostensibles en los diversos actos programados como final de la ceremonia.
Carlos quedó enteramente satisfecho y agradecido por las atenciones recibidas de los amigos y éstos sumamente complacidos de su intervención en tan cordial acontecimiento.
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Para el porvenir inmediato de Carlos, las circunstancias en las que se desarrolló su vida en las semanas siguientes a su fiesta de cumpleaños resultaron altamente favorables. Mejoró su salud y su estado de ánimo. Acudía diariamente a realizar su trabajo y, como consecuencia de su estado de normalidad, se reanudaron sus relaciones sociales así como las satisfacciones provenientes de las frecuentes salidas con sus más íntimos amigos.
Conforme a las instrucciones recibidas, acudió al Sanatorio para que le efectuasen en él las preceptivas revisiones de su dolencia. Salió muy optimista del resultado de todas ellas puesto que, según los informes recibidos de los médicos encargados de llevarlas a cabo, el proceso se había estabilizado: es más, tratando de ser optimista y de acuerdo con los resultados de las últimas pruebas, parecía remitir en su malsana actividad. En ninguno de los casos intervino el doctor Barea pues, tal como le informaron, se hallaba en el extranjero siguiendo un curso referido a su especialidad médica, consecuencia del máximo interés, mostrado por dicho doctor, para ponerse al día de los últimos adelantos llevados a la práctica por sus compañeros investigadores.


Y el permanente transcurrir de los días, trajo consigo el final de aquel año.
--El hotel en el que estuvimos cenando la última vez que salimos juntos, me parece un lugar muy adecuado para pasar en él la noche de fin de año-sugirió Natalia, quien ya había comentado con las dos amigas la posibilidad de celebrar allí tal acontecimiento, idea que, tanto Marta como Alicia, consideraron un acierto y que condujo a los hombres a mostrarse, igualmente, de acuerdo
Se trataba un hotel distinguido y el programa en el que figuraba el desarrollo de la velada resultaba sugerente para celebrar en él tan tradicional festejo.

Nochevieja. Llegada la hora prevista, el comedor del hotel se hallaba espectacularmente engalanado y exquisitamente preparado para atender a los eufóricos comensales que llenaban, al completo, las mesas preparadas para tan singular efeméride.
Entre ellos se encontraban las tres parejas que nos ocupan. Las mujeres exhibían, cómo no, sus más preciadas galas y, acordes con las mismas, lucían sus originales peinados en tendencia con la moda, sus rostros adecuadamente maquillados, las alhajas más apropiadas y las sonrisas más cautivadoras. Naturalmente que ellos tampoco habían descuidado los más mínimos detalles para presentarse con la máxima corrección.
La cena estuvo precedida por un sencillo cóctel, fue servida cumpliendo las más estrictas normas exigidas por el protocolo y, en cuanto al contenido de los numerosos platos destinados a cada comensal, resultó tan variada y selecta que cumplió, en demasía, el apetito y el gusto de cada uno de ellos.
La alegría, y el bullicio de la sobremesa; las doce uvas de rigor, acompañando cada una de las campanadas de media noche; las tan traídas y llevadas felicitaciones cargadas de buenos deseos; formaban el ambiente propicio para el desarrollo de la fiesta.
Fue en aquellos instantes cuando se produjo un nuevo acontecimiento que supuso la sorpresa y la admiración de la mayoría de los asistentes, ajenos a tan seductoras invitaciones: Se abrieron las puertas situadas en el fondo del comedor, mostrando la entrada a un luminoso y espléndido salón especialmente adornado y preparado para que tuviera lugar en él la continuación de la velada. Desde lo alto de la adornada plataforma sonaron los armoniosos compases de una conocida partitura, interpretada por los miembros de una moderna orquesta.
--Me perdonáis un momento –irrumpió Carlos- Antes de lanzarme al ruedo necesito visitar el patio de cuadrillas.
Y salió en busca del lugar adecuado, en tanto que el resto de la pandilla, celebraron la ingeniosidad con la que Carlos se expresó y comenzaron a ponerse de pié, esperando la vuelta del amigo.
Regresaba Carlos a su destino cuando se dio materialmente de cara con una persona tan conocida y apreciada que, sin dudarlo un momento, se dirigió a hacia ella con la mano derecha dispuesta para el saludo.
--¡Doctor Barea!... –comenzó con la voz un tanto turbada, mientras apretaba con toda efusión la mano que le había tendido el protocolario doctor- Supone para mí un momento de enorme alegría el poder saludarle de nuevo. ¿Acaso no me recuerda? –manifestó Carlos al notar un gesto de extrañeza en el rostro de su halagado acompañante.
--Perdone mi falta de perspicacia. Comprenderá usted que es muy elevado el número de personas que se presentan ante mí a lo largo del año.-El doctor se quedó mirando unos segundos el rostro que tenía delante y prosiguió.- Debo expresarle, sin embargo, que su cara me resulta conocida, como se dice vulgarmente. Si me recuerda su nombre, tal vez…
--Carlos, doctor, soy Carlos Enciso y, para más detalles solía ir a su consulta acompañado por un amigo, Fernando Abadillo, quien hacía las veces de familiar, puesto que no dispongo de ninguno.
--Sí, sí…Creo que me doy cuenta. Usted viene padeciendo un largo proceso al que yo `puse tratamiento ¿No es así? –El médico se retiró hacia la esquina cercana para dejar paso libre a la multitud que iba y venía hacia el salón. Carlos lo acompañó.
--En efecto, doctor. Y por ello le estoy sumamente agradecido.
--Ya, ya…Recuerdo perfectamente. Oiga Carlos, una pregunta, aunque no debe usted darle mayor importancia. Se la hago por pura curiosidad. ¿No hubo ocasión, hace pocos meses de esto, en que su amigo Fernando le dio una noticia, por encargo mío?
--Si he de serle sincero, doctor, no lo recuerdo, pero sí que me advirtió que debía de acudir, sin falta, a las revisiones que usted me había recomendado. Y lo hice, sí señor. Lo que ocurre es que usted, según me informaron en el Sanatorio, se encontraba en el extranjero y fueron sus ayudantes quienes efectuaron los controles. Al parecer, y gracias a sus esfuerzos, todo parece ir perfectamente.
--Bueno, Carlos, celebro mucho el que nos hayamos encontrado y como me están esperando siento no poder acompañarle por más tiempo. ¡Feliz año nuevo!
--Le agradezco profundamente su atención, doctor Barea: ¡Feliz año nuevo!

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